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Realidades cambiantes

enero 21, 2015

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¿Quien iba a decir luego del 5-0 y la posterior destitución de Gerardo Pelusso, que al siguiente torneo Peñarol terminaría 17 puntos debajo de Nacional? ¿O que ese desconocido director técnico interino, Álvaro Gutiérrez, perdería tan solo un encuentro al frente del tricolor en 8 meses en el cargo? La realidad de los dos grandes del fútbol uruguayo cambió drásticamente en cuestión de meses.

El aurinegro goleaba y era todo alegría. Los albos, perdían más que un partido: su entrenador, su confianza y una racha clásica que parecía irremontable. Pero el momento de sentar cabeza llegó: tras fracasos en contrataciones, tanto en jugadores como en técnicos, se apostó a empezar de cero, con lo que se tenía. Esa primera gran revolución comenzó en el banquillo. Álvaro Gutiérrez, en principio como interino, se puso en el bolsillo a la hinchada ganando los últimos tres partidos del Torneo Clausura, que serían sus primeros en su gran gesta en el conjunto tricolor. Su rendimiento convenció a la dirigencia y pese a las dudas de muchos, se quedó.

En la vereda de enfrente, tras el auge de Jorge Fossati luego del clásico, un tropezón hizo que Wanderers le arrebate la copa a Peñarol, comenzando así la barranca abajo del conjunto carbonero.

Al comienzo del Torneo Clausura ambos se armaron con poco: los tricolores contrataron en silencio a Gonzalo Porras, quien terminaría siendo figura, a Diego Polenta, que se adueñó de la zaga y a Sebastián Taborda, Sebastián Fernandez y Jorge Fucile, este último de buen rendimiento, pero una lesión lo apartó de gran parte del campeonato.

Por el lado aurinegro, el polémico Pablo Migliore llegó para cubrir los tres palos, el polifuncional brasileño Diogo Silvestre, Andrés Rodales, el retorno de Juan Manuel Olivera y el fichaje estrella (al final, estrellado) de Alejandro Silva fueron las altas. Con estas llegadas y la base del equipo del anterior torneo parecía suficiente para ganar el clausura.

Si bien el comienzo fue grato para ambos, Peñarol se fue desinflando de a poco, mientras que Nacional, salvo su traspié con El Tanque Sisley, ganaba y gustaba, con un juego no muy vistoso pero si muy eficaz. El momento de la verdad llegaba en el clásico: Nacional debía demostrar que estaba para cosas grandes y tenía que acabar con la paternidad aurinegra de los últimos dos años, mientras que Peñarol, con un Fossati en la cuerda floja, debía ganar para a esa altura, al menos darle una alegría a sus hinchas.

La historia ya la conocemos todos, el tiro libre de Recoba terminó de derrumbar un castillo que estaba sostenido por un frágil muro, Peñarol se quedaba con las manos vacías una vez más, la gloria del 5-0 parecía ya muy lejana en el tiempo, cuando habían pasado solamente unos meses.

De ahí en adelante las realidades fueron, como en la goleada, muy paralelas, pero con los protagonistas invertidos. En Peñarol paso de todo: interinato de Paolo Montero, elecciones que no solucionaron nada, Diego Aguirre que dijo que no y la llegada desesperada de un Pablo Bengoechea que tuvo los pantalones para tomar un equipo destruido desde dentro, con necesidad de cambios.

En cuanto a los tricolores todo fue alegría: campeones del Torneo Apertura, situaciones difíciles superadas y vestuario unido. Una gran mejora en un período corto.

Para finalizar, agrego que estas realidades invertidas se afirmaron aún más luego de los clásicos de verano, donde los albos mostraron frescura y los mirasoles oscuridades, que parecen estar lejos de cambiar. Pero también hay que decir que Nacional parecía que estaba a años luz de superarse luego del 5-0, y que Peñarol se asemejaba al de sus mejores momentos tras aplastar a su máximo rival. De la fama al fracaso hay un solo paso y viceversa.

Foto: Christian Adinolfi. URUGOL

Por Luciano Múñoz @LucianoMunozV

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